Vergüenza
Existen otros mundos, pero están en este. Mientras nos rasgábamos las vestiduras entre debates parlamentarios en los que, una vez más, la atención y el análisis pivotaba más sobre las formas que sobre el contenido discursivo en sí, la Unión Europea (o lo que queda de ella), traicionaba su propia dignidad, para quedar reducida a una burda caricatura de sí misma. Hablo la crisis de los refugiados y, sobre todo, de sus consecuencias.
Pero vayamos por partes. El conflicto sirio estalla en 2011 cuando, al calor de la primavera árabe, se produjeron diferentes protestas y manifestaciones de la sociedad civil siria contra el régimen de Bashar al-Ásad. La brutal represión llevada a cabo por el régimen al objeto de contener la insurrección, provocó una guerra civil a la que hoy ya podemos achacar, según la ONU, más de 250.000 muertos. Pero no sólo eso. La mitad de los sirios ( 11 millones) han tenido que abandonar su tierra en busca de refugio; el 70% no tiene agua potable y 4 de cada 5 viven en la pobreza; la esperanza de vida ha bajado de 75 a 45 años; la guerra afecta al 80% de los niños sirios, de los cuáles 10.000 lo han pagado con su vida y 2.4 millones han tenido que abandonar Siria so pena de correr la misma suerte. Actualmente, 19.000 sirios se encuentran refugiados ( ya casi es ignominioso llamarles así) en Idomeni, un campamento situado en el lado griego de la frontera con Macedonia en el que sobreviven en busca de alguna posibilidad de seguir avanzando hasta el centro de Europa. Lo cierto es que no alcanza el lenguaje a definir las condiciones que allí soportan quienes no huyen de su país, sino de la muerte. Rebrotan enfermedades que ya se creían extinguidas, el hambre se advierte insoportable y las condiciones de salubridad e higiene no resisten cualquier mínima exigencia de dignidad humana. Por otra parte, y por si fuera poco, son ya 354 los sirios que han muerto intentando cruzar el mar Egeo desde Turquía hasta Grecia tratando de salvar su vida.
Ante tal panorama, la UE adoptará esta semana un acuerdo que lejos de paliar la situación, si acaso la empeora. Y lo hace conculcando el deber básico de asilo a refugiados, despedazando en pro de la estabilidad geopolítica internacional, el respeto a los DDHH que alentó la formación europea. Los veintiocho han llegado a un preacuerdo mediante el cuál, por cada inmigrante sirio legal o ilegal que Turquía reciba desde Grecia, otro será mandado desde Turquía a la UE. Una especie de externalización de la solidaridad, que mediante una suerte de arca de Noé subvencionada (6.000 millones irán destinados a Turquía en concepto de pago por sus amables servicios) se refugiará a miles y miles de seres humanos que huyen de la catástrofe.

Un acuerdo que numerosas organizaciones internacionales (ONU, Amnistía Internacional o Acnur) así como los propios equipos jurídicos de las instituciones europeas, han tachado de ilegal. Aunque, a la vista de las últimas manifestaciones de sus promotores, harán todo lo posible para que, habida cuenta de que por las tragaderas de la moral resulta imposible de colar, sí hacerlo al menos por las de la legal. Esta es la respuesta que Europa ofrece ante tamaño desgarro humanitario que ha tocado su puerta en busca de soluciones.
Lo curioso es que los turcos consiguen rebajar las exigencias previas de los veintiocho para formar parte del club (Turquía lleva años buscando su integración en la UE), al tiempo que dejan a los pies de los caballos el respeto a los principios fundacionales que sostienen el club al que quieren unirse. Toda una paradoja, sí. Máxime cuando la UE, abjurando de uno de los contenidos básicos de su propia identidad, como es el respeto a los DDHH, allana el camino para la incorporación de Ankara, que no es precisamente modelo en defensa de la libertad de expresión y separación de poderes, requisitos indispensables (hasta ahora) para ser aceptado en Europa.
Si bien, tampoco se explica esta nueva vuelta de tuerca al alma originaria europea (no olvidemos el acuerdo con el Reino Unido) sin el concurso de la enorme presión derivada del auge de movimientos políticos xenófobos en toda Europa, el vomitivo asemejo entre asilo y violencia, la presión electoral que padece Angela Merkel y el borreguismo del resto de los socios, entre los que, en un lugar destacado, nos hallamos los españoles. Y es que nuestro gobierno, si todo sigue según lo esperado, puede acudir a la cumbre de esta semana en Bruselas con un mandato emanado de un poder en funciones y que, por tanto, no se corresponde con el poder emanado del Congreso. Todos los partidos están en contra del acuerdo. El Secretario de Estado para la UE se ha comprometido a tener una reunión con los distintos grupos parlamentarios de la que debería salir una posición conjunta que defender en Europa. Pero ya advirtió el locuaz portavoz popular Pablo Casado, que el Reino de España, la nación más antigua de Europa, no puede estar continuamente haciendo caso a la oposición porque, entre otras cosas, a veces lo único que busca es hacer daño al gobierno. Obvia deliberadamente Casado, en primer lugar, que este ya no es un gobierno sino en simples funciones, un gobierno interino con vocación de salida que no representa la voluntad emanada de las urnas y que no puede actuar como si lo hiciera. Y obvia en segundo lugar, que siquiera por razones históricas, no podemos negar el asilo a quienes como hicieron miles de españoles en el 36, buscan refugiarse de un peligro de muerte provocado por razones de las que no son responsables. España se comprometió a acoger a 18.000 refugiados, a día de hoy tan solo hemos acogido a 18. La cifra de la vergüenza.
Vamos a ser cómplices de una catástrofe humanitaria que tiene como principal culpable a una Europa que ( como escuchaba esta semana en un editorial radiofónico) si todavía sigue existiendo, será solo en la mente de los refugiados.
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