«Nada es verdad, todo está permitido», Hasan i-Sabbah
Voy a contaros una historia. Antes de meterme en el meollo de la cuestión, voy a deciros algo que, tal vez, es una obviedad: siempre ha habido totalitarismos. Quizás no con la definición por los que los conocemos hoy en día, hechas a medida del régimen nazi, fascista o comunista, pero siempre ha habido líderes que han pensado que los ideales o, mejor dicho, sus ideales (o intereses personales) son más importantes que las personas. En este sentido, el terrorismo islámico es una forma de totalitarismo.
Como siempre he mantenido en muchos otros artículos publicados en Ministerio de Opinión, es bueno volver al pasado porque todo lo que vemos ahora ya se encontraba impreso en nuestra historia. Todo lo que os voy a contar no dará ninguna solución, desgraciadamente, al gran problema que supone el yihadismo, pero sí que puede ayudar a que todos entendamos mejor a qué se enfrenta Occidente.
Voy a contaros una historia. Una leyenda. Como toda leyenda, la realidad y la ficción se confunde. Fue Marco Polo el primero que nos habló de la fortaleza de Alamut, el Nido de las Águilas; de la secta de los Hashashins, orígenes del término “asesino”, y del Viejo de la montaña. Todo lo que vais a leer a partir de la imagen podéis conocerlo de primera mano si acudís a una librería y compráis “Alamut”, de Vladimir Bartol, una magnífica novela que recoge la historia que os voy a resumir. Vamos allá. Érase una vez…

Érase una vez un país de Oriente Medio, a finales del siglo XI. Tres jóvenes de distinto origen social pero mismo fervor religioso hacia Alá entran en la fortaleza de Alamut, un castillo situado en la cumbre de una montaña. Es la sede principal de la secta ismaelita de los nizaríes, una rama del Islam. Su objetivo es servir como soldados de Hasan i-Sabbah, el Viejo de la Montaña, líder de la secta.
La vida en Alamut es dura, muy austera. Aprenden a combatir, leen el Corán y les enseñan diversas ramas del saber. Todos los llamados fedayines conviven y hacen grandes amistades, pero su principal nexo de unión es la creencia en Alá y en el Viejo de la Montaña, del que se dice que puede hacer cosas que ni el mismo Mahoma podía realizar.
Finalmente, los tres completan su entrenamiento. Uno a uno, suben a la torre más alta de Alamut para conocer a Hasan i-Sabbah, el Viejo de la Montaña. Lo respetan y le temen pero, a partir de ahora, lo seguirán ciegamente y harán cualquier cosa por él.
“Puedo abriros la llave del Paraíso. Túmbate y verás lo que te espera más allá de la muerte”
Cada fedayín se tumba y cierra los ojos. Cuando los abre, ya no se encuentra en Alamut. Está rodeado de muchísimas jóvenes, a cada cual más bella, en un edén con vegetación, agua y comida abundante. Pasan horas en una situación en la que jamás volverán a verse…mientras vivan. Cuando vuelven a su vida austera, están como locos por morir, por inmolarse. Han visto el Paraíso y quieren volver allí. Uno de ellos, el más importante para nuestra historia, Ibn Tahir, se enamora perdidamente de una de las huríes, Halima.
Mientras tanto, el líder de los ismaelitas de todo Oriente, el emir de El Cairo, teme a los nizaríes de Hasan. Por eso, manda un ejército a Alamut. La caballería exploradora se encuentra con la avanzada de los nizaríes de Hasan. Son menos, pero la ferocidad con la que pelean desconcierta a los ismaelitas, que ven como sus enemigos no sólo nos le importa morir, si no que sonríen cada vez que los hieren. Los ismaelitas se retiran, a la espera de la llegada del verdadero ejército. Sus amigos le encuentran sepultado bajo un caballo, con una flecha en el corazón y una sonrisa en los labios. Vuelven al castillo deseosos de otra ocasión que les permita volver al Paraíso que Hasan les ha enseñado.
Hasan ordena a Ibn Tahir ir a matar al emir de El Cairo. Pedirá una audiencia en el campamento como miembro desertor de los nizaríes y le matará con una cuchilla envenenada debajo de su manga. Tahir, deseoso de volver a ver a Halima, accede y parte rápido. No importa que vaya a estar rodeado de los mejores guardias del emir. Es más, sí que importa, pues es la forma más rápida de acabar con su vida y volver al Paraíso.
Entre tanto, el grueso del ejército llega a Alamut y asedia la fortaleza. Hasan sale a la muralla. Ante la orden de salir de la fortaleza, el Viejo de la Montaña levanta una mano. El tercero de los jóvenes se sube a una de las torres de la muralla y se suicida. Ante el terror provocado por lo que es capaz de hacer Hasan, el ejército levanta el asedio.
Ante el emir de El Cairo, Ibn Tahir consigue herirlo de muerte, pero no matarlo. Lo capturan, pero deciden no ejecutarlo. En su lugar, el emir habla con él. Conoce a Hasan desde jóvenes y sabe cuál es la fuente de su poder.
Hasan, utilizando sus fondos, construyó un jardín secreto al otro lado de Alamut, que ninguno de los fedayines puede verlo. Asimismo, reclutó a jóvenes a las que entrenaban en las artes amorosas. Cuando tumbaba a los fedayines, les daba hachís, lo que les drogaba y les mantenía en un estado letárgico durante toda la noche que pasaban en el jardín. De ese modo, la sensación de que se encontraba en el paraíso era más real. Por eso, los detractores de los nizaríes les llamaban hashashins (consumidores de hachís). No existía tal acceso al Paraíso, y la supuesta gran división entre los ismaelitas y los nizaríes de Hasan se debía a un conflicto personal entre el emir y Hasan, el cual envidiaba el puesto de líder ismaelita.
Ante la sorpresa de Ibn Tahir, que demuestra ser distinto a los demás fedayines en su fe ciega a Hasan, el emir le envía de vuelta con el Viejo de la Montaña para matarle.
Ibn Tahir vuelve a Alamut y solicita audiencia con Hasan. Es entonces cuando el joven fedayín saca su hoja y, antes de acabar con él, le cuenta todo lo que el emir le ha dicho. El Viejo de la Montaña no discute ninguna de las afirmaciones por las que Ibn Tahir le acusa. De hecho, le responde con una noticia fatal. Halima, la joven enamorada de Ibn Tahir, se había suicidado ante la perspectiva de tener que complacer a otros fedayines y no volver a ver jamás al joven. Loco de ira, Ibn Tahir va a asestar la puñalada final. Pero Hasan dice una frase que detiene la hoja del joven fedayín.
«Nada es verdad, todo está permitido»

Hasan podía presumir de ser una de los hombres más sabios del mundo conocido y este saber le había permitido establecer una teoría. No hay vida después de la muerte. No hay Alá. No hay Yahvé, ni Buda, ni Dios. Después de la muerte sólo viene la nada. No hay ninguna verdad.
Por lo tanto, si no hay nada que nos guíe, que nos dicte el camino, sólo nosotros, los seres humanos, podemos gobernar nuestro propio destino. Sólo aquellos que tengan conocimiento y alcancen esa verdad, que nada es cierto, podrán dominar la realidad a su antojo. En el caso de Hasan, utilizando la religión para crear una organización de soldados fieles hasta más allá de la muerte con el único objetivo de conseguir sus intereses personales, disfrazados bajo empresas religiosas.
Ibn Tahir, comprendiendo y asimilando lo que le ha dicho Hasan, no acaba con él. Así, el Viejo de la Montaña lo acoge como su hijo espiritual y le ordena que viaje por todo el mundo, que conozca todas las ramas del saber para así poder gobernar el mundo que le rodea a su antojo.
No pretendo comparar directamente esta leyenda, este cuento con personajes que existieron realmente, con la situación actual que asola Europa, África y Oriente Próximo. Pero os invito a reflexionar de como siempre ha habido regímenes en los que la persona quedaba diluida en una serie de ideales que, al final, sólo perseguían el interés de unos pocos. Lo vivimos con el nazismo, el fascismo o los regímenes comunistas. ¿Es acaso el yihadismo una nueva forma de totalitarismo, en los que sus miembros son soldados dispuestos a inmolarse a petición de unos líderes que afirman ser representantes de un dios y sólo buscan más poder?
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