Los peligros del espacio: los asteroides

Son muchos los peligros que nos acechan desde el espacio. Ésta es una de las primeras lecciones que todo buen astrónomo aficionado aprende al contemplar los diferentes cuerpos celestes. Por ejemplo, cualquiera que observe el Sol con los medios adecuados se dará cuenta del continuo bombardeo al que nos somete a diario nuestra estrella madre. Las manchas solares de su superficie lanzan en ocasiones grandes cantidades de radiación que pueden poner en riesgo la vida humana y el correcto funcionamiento de nuestros aparatos electrónicos de los que precisamente depende nuestra civilización.

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El Sol el 23 de octubre de 2014 con unas manchas solares de dimensiones espectaculares, de mayor tamaño que nuestro planeta. Imagen de Paco Bellido.

Sin embargo, hoy nos vamos a centrar en otro peligro bien diferente: los asteroides. Si cogemos el telescopio y apuntamos hacia la Luna, rápidamente nos daremos cuenta de las cicatrices que presenta su superficie, un fiel testigo de los numerosos impactos que ha sufrido a lo largo de miles de millones de años.

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No hace falta irse tan lejos para comprobar las diversas amenazas que hay desperdigadas por el espacio, pues en nuestro propio planeta tenemos pruebas de relatos que parecen sacados de una novela de ciencia ficción.

Hace 65 millones de años, un objeto de 10 kilómetros de diámetro (más grande que el monte Everest) se aproximaba a la Tierra a una velocidad varias veces mayor que la de una bala de un rifle. El meteorito impactó en Chicxulub, un pueblo localizado en la península de Yucatán (México), y formó un cráter de más de 180 kilómetros de diámetro y 20 kilómetros de profundidad. La energía liberada fue de unos 100.000.000 megatones de TNT. En comparación, la bomba más potente jamás lanzada por el ser humano, la Bomba del Zar por la Unión Soviética en 1961, alcanzó una potencia de 50 megatones de TNT.

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Estela en Chicxulub que señala el centro del cráter que causó la extinción de los dinosaurios.

El cráter no se descubrió hasta finales de la década de 1970 como consecuencia de unas inspecciones que se realizaron en ese lugar para buscar petróleo. Debido a la continua erosión de nuestro planeta, las grandes zonas de impacto de la Tierra han sido sutilmente borradas con el paso del tiempo, pero aun así todavía somos capaces de detectar los restos que dejaron esas enormes explosiones.

Lo que aconteció después del impacto de la península de Yucatán es bien conocido por todos: los dinosaurios se extinguieron, así como una gran cantidad de especies, conformando de esta manera la última de las cinco extinciones masivas del planeta. Este evento fue de crucial importancia para la evolución de unos seres vivos que huían despavoridamente de los dinosaurios: los mamíferos, a partir de los cuales evolucionó el ser humano.

El cráter de la península de Yucatán no es el más grande de los que se conocen actualmente. Por lo menos, ha habido dos impactos más que han superado la destrucción ocasionada por el meteorito que extinguió a los dinosaurios. El segundo más grande se localiza en Sudbury, Canadá, con un diámetro de 250 kilómetros y una antigüedad de 1.850 millones de años; y el primero de todos se sitúa en Vredefort, Sudáfrica, de 300 kilómetros de diámetro y 2.000 millones de años de antigüedad.

Pero si tenemos que remontarnos al mayor impacto de todos los que han existido hasta la fecha en el planeta Tierra, ese es sin duda el que dio origen a la Luna, que tuvo lugar cuando la Tierra se encontraba en su más tierna infancia.

Un planeta del tamaño de Marte, bautizado por la comunidad científica como Theia, colisionó contra la Tierra hace 4.500 millones de años. El impacto fue de increíbles dimensiones, tanto que si no hubiera chocado de manera tangencial, nuestro planeta no habría sobrevivido para contarlo. Los restos de la explosión arrojaron al espacio tal cantidad de escombros que al reunirse por la acción de la gravedad formaron la Luna proporcionando por aquel entonces una vista espectacular a la par que infernal.

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Beginning of the World (The Earth is Born), de Chesley Bonestell.

Los científicos llegaron a esa conclusión gracias a la composición de las muestras de rocas lunares que trajeron los doce astronautas que pisaron la Luna entre 1969 y 1972, desde el célebre Neil Armstrong hasta Eugene Cernan, el último hombre en abandonarla.

Como vemos, toda la historia de la Tierra está plagada de grandes catástrofes, desde los inicios de nuestro planeta hasta los acontecimientos más recientes como la extinción de los dinosaurios. La pregunta, por tanto, es más que evidente: ¿cuánto tiempo nos queda hasta que otro evento de esas características liquide gran parte de la vida en la Tierra y, con ella, la extinción del ser humano?

La situación de la que gozamos hoy en día en nuestro planeta es un hiato atípico que ha permitido cierta estabilidad fundamental para la evolución del ser humano. Todavía no ha habido ninguna catástrofe de grandes dimensiones que haya puesto a prueba al ser humano.

No hace falta esperar a que un gran objeto caiga a la Tierra para que cause una destrucción significativa, ya que un simple asteroide de unas pocas decenas de metros podría tener la mala fortuna de caer en una región poblada y causar millones de víctimas; asimismo, estos asteroides son más difíciles de detectar, de ahí que en algunas ocasiones nos hayan sorprendido en el cielo sin haber sido detectados previamente. El meteorito que cayó en Rusia la mañana del 15 de febrero de 2013 es un ejemplo perfecto de ello.

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Imagen del meteorito de Cheliábinsk. Su cegadora luz fue más brillante que el Sol.

Este meteorito sobrevoló varias provincias y la ciudad de Cheliábinsk hasta impactar a 80 km de dicha localidad. Liberó una energía de 500 kilotones, 30 veces superior a la bomba atómica de Hiroshima, y explotó aproximadamente a unos 20 kilómetros de altura. Hubo 1.491 heridos y unos 7.200 edificios resultaron dañados. Las grabaciones a pie de calle son espeluznantes. Por fortuna, no cayó más cerca de la localidad.

Uno de los cráteres más famosos del planeta es el cráter Barringer, localizado en Arizona, Estados Unidos. Tiene un diámetro de 1.200 metros y una profundidad de 170 metros. Este cráter se formó hace 50.000 años por el impacto de un meteorito de unos 50 metros de diámetro. Imaginad un impacto de ese tamaño en una región poblada.

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Cráter Barringer (Arizona, Estados Unidos)

Tampoco nos podemos olvidar de uno de los mayores impactos que se han registrado en la historia reciente de la Tierra que ocurrió el 30 de junio de 1908 en Tunguska (Siberia, Rusia). La explosión, causada por un asteroide o un cometa de entre 60-190 metros de tamaño, tuvo lugar a unos 5-10 kilómetros de altura. Se calcula que liberó una energía de unos 10-15 megatones de TNT, aproximándose a la potencia que liberó la Bomba del Zar. Afectó a un área de 2.150 kilómetros cuadrados y derribó unos 80 millones de árboles. El movimiento sísmico que se produjo fue equivalente a un terremoto de magnitud 5 en la escala de Richter. De nuevo, el impacto sucedió en una zona no habitada.

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Árboles completamente destruidos y derribados por el objeto que impactó en Tunguska. Fotografía tomada por la expedición de Kulik en 1929.

Cabe destacar que en 2004 hubo cierta preocupación en la comunidad científica por la posibilidad de que un asteroide de 325 metros de diámetro llamado Apofis impactase contra la Tierra en 2029 o en 2036 en una segunda aproximación; no obstante, en 2013, hace tan solo 2 años, se descartó esta posibilidad al obtener más datos del asteroide.

Es evidente que tarde o temprano un asteroide de tamaño considerable impactará contra la Tierra y pondrá en riesgo muchas vidas humanas. La pregunta es cuándo, una cuestión que se sitúa entre las máximas prioridades de las agencias espaciales. Estudiar el Sistema Solar más a fondo puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Si llegáramos a conocer con antelación la aproximación de un asteroide o un cometa en ruta de colisión con la Tierra, tal vez podríamos ser capaces de hacerle frente con una tecnología que por desgracia aún no está desarrollada.

Carlos Martínez

Estudiante de Medicina y apasionado de la divulgación científica. Aficionado a la astronomía (que no a la astrología) y espaciotrastornado sin remedio alguno. En mis ratos libres programo algunas cosillas.

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