La utilidad del arte (I)
Aunque no lo reconozcamos, nos ha pasado a todos. Ese estar en un museo contemplado una obra maestra del siglo de Oro español y pensar “a mí no me parece para tanto”. Incluso hay entendidos que se vanaglorian diciendo: “seguro que si entro a una sala de obras desconocidas para mí, en solo un vistazo puedo averiguar cuáles son las más importantes”. No sólo pecan de soberbios, sino también de tener una percepción equivocada de lo que debe ser el arte.
Todos crecemos con un canon del arte: una lista mundialmente aceptada que debemos asimilar si queremos presumir de ser cultos y educados. Botticelli, Rafael, Velázquez, Caravaggio, Rembrandt, Goya Van Gogh, Picasso… Por supuesto, esta lista va cambiando con el tiempo, pero el núcleo de pintores y obras suele permanecer inalterable, provocando que, muchas veces, nos sintamos “fríos” ante tal o cual obra maestra.

Sin embargo, a veces sí conectamos con estas obras. No se debe al prestigio del cuadro, sino a la capacidad que tiene para tocar nuestra alma, para llenar nuestras necesidades internas. La mayoría de las veces no sentimos esta unión. No es un fallo de nuestra visión o de nuestra percepción del arte. Todo lo contrario.
Para demostrároslo, paso a explicaros cuales son las distintas visiones que se puede tener de una obra de arte. Para ello, me he basado en la lectura (recomendada) El arte como terapia, de Alain de Bottom y John Armstrong.
Lecturas que puede tener un determinado cuadro
- Lectura técnica
Este tipo de lectura prioriza descubrimientos e invenciones a la hora de representar la realidad. Uno de los ejemplos más conocidos sería Leonardo Da Vinci, crucial por ser uno de los primeros en adoptar la técnica del sfumato (mostrar formas sin contornos). Otro sería Giambologna, autor de la primera escultura hecha para poder apreciarla desde cualquier punto del espacio: El rapto de las sabinas.
- Lectura política
Según este tipo de lectura, una obra es buena en cuanto a que presenta el punto de vista del autor respecto a cualquier tema político. Un ejemplo sería el cuadro El señor y la señora Andrews, de Gainsborough. Los rostros emanan prepotencia. Son los dueños de una tierra que, seguro, no cultivan ellos. El autor se posiciona en contra de la postura terrateniente dominante.

- Lectura histórica
Una obra de arte puede ser valorada por lo que nos dice sobre el pasado. Por ejemplo, cualquier cuadro que retrate una ciudad o a las gentes de la época.
- Lectura efectista
Probablemente sea la lectura que ha cogido más fuerza en los últimos años. El arte puede ser valorado por su capacidad para impresionarnos, para sacarnos de nuestras casillas, para perturbarnos.Un ejemplo sería, en su momento, el cubismo de Picasso o el surrealismo de Dalí. Cuando una obra de arte nos escandaliza, no es culpa del autor, si no de la poca flexibilidad de nuestras ideologías.

- Lectura terapéutica
Esta es la lectura que yo invito a aceptar. Una obra de arte es “buena” o “mala” en la medida en que nos ayudan a ser mejores, a compensar nuestros defectos. Aquí es donde entramos en otra pregunta inevitable: ¿En qué nos puede ayudar el arte?
Corrige nuestra mala memoria: El arte nos ayuda a evocar momentos de nuestra vida y conservar recuerdos y cosas queridas.
Nos da esperanza: En los momentos más bajos de ánimo, un cuadro, por ejemplo, paisajístico, puede ayudarnos a valorar los detalles placenteros de la vida.
Una fuente de dolor dignificado: La vida implica intrínsecamente alegría y dolor. El arte nos ayuda a identificar el lugar legítimo del sufrimiento, lo que nos ayuda a entender que las dificultades son parte de nuestra vida y, por tanto, nos asustan menos y nos hace más capaces de superarlas.
Equilibrio: Pocas personas están realmente equilibradas. Estamos compuestos de muchas partes, algunas con más atenciones que otras. Un trabajador enclavado en la rutina puede estimular su “yo viajero” con un cuadro de algún país lejano.

Autoconocimiento: El arte nos ayuda a encontrar qué es lo fundamental para nosotros mismos, pero que resulta difícil de explicar por palabras. Frente a una determinada obra de arte, muchos hemos podido decirnos, “Esto soy yo” o “Esto me representa a mí”, aunque no sepamos exactamente a que nos referimos.
Experiencia: Todas las artes son acumulaciones de experiencias de otros. Puede darnos ejemplos de otras culturas, ideas y actitudes que nos parecen ajenas pero que podemos apropiarnos y enriquecernos con ellas.
Resensibilización: El arte nos libera de la indiferencia hacia todo lo que nos rodea. Observamos lo viejo de otra manera y evita que asumamos que la novedad es la única solución posible. Cualquier cuadro en el que se expone un motivo sencillo, como Dama tomando té, de Chardin, nos muestra que cualquier acto de la vida cotidiana puede ser satisfactorio.

En definitiva, el arte no es sólo algo bonito que debe estar en un museo o decorando una vivienda. El arte nos hace mejorar como personas y comprender esto supone darle un nuevo enfoque a la cultura que puede, realmente, cambiar el mundo como nuestros antepasados lo hicieron, tanto en la Antigüedad como en el Renacimiento.
