La crisis que nos espera
Hong Kong, verano de 2014, la brecha entre ricos y pobres no había hecho más que aumentar desde el 97, Occupy Central -movimiento liderado por un profesor universitario de Derecho, un sociólogo, un pastor baptista y organizaciones estudiantiles- tomaba las principales calles de la ciudad para exigir algo muy claro: la instauración de un auténtico sistema de sufragio universal con el que los hongkoneses pudieran elegir directamente a sus gobernantes en las elecciones del ahora cercano 2017. Las autoridades locales hacían uso de gases lacrimógenos a fin de disuadir las concentraciones, cargas que únicamente consiguieron avivar las protestas de miles de personas que poco a poco se agolpaban en el lugar donde se encontraban los “indignados”. Irónicamente, la herramienta que utilizaron para protegerse de las cargas policiales hizo que la prensa internacional los bautizara con un nombre que pasará a la historia: la revolución de los paraguas.
Estas protestas, las mayores en China desde aquellas en la Plaza de Tiananmén en 1989, dieron la vuelta al mundo y han puesto en duda la sostenibilidad del mercado financiero de este país.

Vivimos en un mundo de ciclos, y China no iba a ser la excepción. Todo indica que la burbuja inmobiliaria que ha dejado medio mundo patas arriba –el otro medio lamentablemente, aunque por otras circunstancias, ya lo estaba- podría repetirse en el mitificado “gigante dormido”. El país lleva (casi literalmente) quemando reservas desde 2015, estas se han visto reducidas en 99.500 millones de dólares tan solo en el mes de enero (sumando 770.000 millones desde aquel septiembre de 2014), lo que coloca al Banco Popular de China en una situación bastante complicada a ojos de los inversores mundiales. Cierto es que el país mantiene un colchón de 3.23 billones, pero el ritmo ya no es sostenible.
Se estima que la fuga de capitales de su mercado ascenderá a 830.000 millones (un 33,6% mayor que el año anterior) pese a los esfuerzos de su gobierno por evitarlo. Ante semejantes pérdidas, los especuladores se alinean para morder en el mercado inmobiliario. Vivo reflejo de ello es la ciudad de Shenzhen, ciudad cuyo aumento del precio de la vivienda ha rozado casi el 50% de un año para otro. Parece claro que van directos a la boca del lobo.
¿Qué opciones tiene el país para intentar evitar esta fuga masiva de capitales?
Permitir una depreciación pequeña pero constante del yuan o devaluar el yuan de forma rápida y directa alrededor de un 25%. Ambas desembocarían en escenarios muy complicados puesto que una devaluación lenta vendría seguida de grandes fugas de capitales, como ha ocurrido recientemente, pero por otro lado una devaluación repentina del yuan del 25% tampoco asegura estabilidad, ya que la deuda de las empresas chinas denominada en divisas extranjeras crecería de forma exponencialmente, dejando muy tocados los balances de estas firmas. Además, los inversores podrían creer que tras esa devaluación llegarán otras similares, lo que nos llevaría de nuevo a más fugas de capitales.
Los mercados financieros globales están conectados, esta situación se refleja en todas las bolsas del mundo en que desde hace unas semanas prácticamente la totalidad de las mismas amanece con números rojos.
Nadie sabe que va a ocurrir con China, se estima que ese colchón de algo más de 3 billones podría no llegar a dos años (en el mejor de los casos). Casi todos los paises del mundo tienen puesto hoy un ojo en su gobierno, pues la decisión que este tome marcará el futuro económico del mundo, y si la jugada sale mal, se podría apostar a que estamos ante una nueva crisis económica global.
Fuentes: El Economista 1, 2 y 3; Expansión; Finanzas.com; Wikipedia 1, 2 y 3.
Imagen de portada: Pasu Au Yeung en Flickr
