Crónica de una muerte anunciada

Si adaptáramos la genial obra de García Márquez, acogiendo la vida política de Mariano Rajoy como trama y por supuesto a nuestro presidente como protagonista, seríamos testigos, tras la lectura de las primeras líneas, de su propio asesinato político tras las cada vez más inevitables nuevas elecciones del 26-J. Lo creo, consciente del atrevimiento que actualmente supone aventurar sucesos en la vida política de nuestro país, habida cuenta de la tremenda volatilidad de las estrategias políticas y de la opinión pública (y publicada).

Vaya por delante que personalizo la trama intencionadamente, entendiendo que el inevitable cambio en Moncloa será así, personal, y quizá no de partido. Digo todo esto porque,  atendiendo al pasado, y sobre todo al actual, ?estado de las cosas en la coyuntura política española,  no resulta desmesurado sino más bien consecuentemente realista, considerar que la única hipótesis de acuerdo para la supervivencia de Rajoy, más aparente que realizable, pasa por el concurso de Ciudadanos en la investidura de nuestro presidente. Al menos, Rivera deberá reflexionar sobre ello. Todavía no lo ha hecho. Salvaguardado por el rotundo  NO de los socialistas, no ha ido más allá de su voluntad aparentemente abnegada (no digo que no lo sea, pero sí que se esfuerza en aparentarla) de intentar si acaso reunir a quienes ya abdicaron de hacerlo salvo para lanzarse los trastos a la cabeza. Pero puede que la repetición de elecciones arroje un resultado en el que la suma del bloque escarpado a la derecha sea aritméticamente viable, y eso le haga necesariamente contratista de un acuerdo bilateral al que sólo podrá poner una condición esencialista: el veto a Rajoy.  Sería lo más coherente, toda vez que sus discursos enmarcados en la impronta regeneradora no casan, por misma definición, con la continuidad del marianismo. Incluso él lo ha revelado en numerosas ocasiones, su sentencia en el debate de investidura de Sánchez debería atarle: “Si no es capaz de limpiar su partido, Sr. Rajoy ¿Cómo va a ser capaz de limpiar España? ”. Eso, y que sabe que no disgustaría la voluntad de la mayoría de sus votantes.  Si en mayor medida parece que éstos prefieren antes un pacto con populares que con socialistas, también son mayoría los que anteponen la cabeza de Rajoy para alumbrarlo.

Rivera sabe que bebe del espectro de voto conservador más moderado y mesurado, en consonancia con la derecha europea, no ligado tan dogmáticamente al voto al Partido Popular , y por tanto alejado de la obceca capacidad requerida para no castigarlo.  Los votantes de Ciudadanos, generalmente, también han saludado el pacto con el PSOE, resignados a entender que la negativa irresponsable de Rajoy a la investidura,  constreñía a Rivera a virar hacia babor para sobrevivir en su reivindicada coherencia.

Entretanto, el continuo y pérfido carrusel de corrupción que planea semana tras semana sobre Génova 13, allana el camino que por inercia política, debe llevar a la expiación de Mariano Rajoy.  La resistencia pasiva de nuestro presidente sorprende, sobre todo cuando uno se acerca a las últimas encuestas, y observa que la mitad (si la mitad) de sus votantes, no verían con malos ojos un cambio de primer espada.

Rivera sabe todo eso, y maneja encuestas. Todos lo hacen, y quizá por ello estamos donde estamos. Y sabe que su futuro político no pasa sólo por aparentar coherencia regeneradora , sino también por practicarla. Veremos.

Ramón de la Cruz

Graduado en Derecho por la Universidad de Almería

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