Aproximación científica al Brain-fitness (I): Neuroplasticidad cerebral

«No hay nada permanente excepto el cambio». Heráclito.

El cerebro es el órgano más complejo de la anatomía humana, compuesto por entre 50 y 100 mil millones de neuronas conectadas por hasta 1000 billones de conexiones sinápticas, ha sido considerado históricamente una estructura estática, que apenas sufría modificaciones una vez se alcanzaba la edad adulta.

CajalCerebellum
Estructura de los centros nerviosos de las aves. Ramon y Cajal. El español Santiago Ramón y Cajal fue el primero en describir la neurona como unidad funcional y estructural del sistema nervioso. Hasta entonces se pensaba que el cerebro no estaba formado por neuronas independientes conectadas entre sí, sino por la fusión de las mismas a modo de retículo. Recibió el premio Nobel de Medicina en el año 1906.

Esta concepción errónea sobre la inmutabilidad cerebral parte de la base de que las neuronas, al ser células altamente diferenciadas (especializadas), carecen de capacidad de división-regeneración (neurogénesis). De modo que, se pensaba, las personas nacemos con un número fijo de neuronas que determinan nuestra inteligencia. Aunque recientemente se ha demostrado que existen dos zonas del cerebro adulto (hipocampo y zona subventricular) donde existen células neuronales más indiferenciadas con capacidad de división, no es aquí a donde quiero llegar, ya que no es el número de neuronas sino las conexiones que se establecen entre estas (sinapsis), las responsables de la neuroplasticidad cerebral.

La neuroplasticidad es el potencial del sistema nervioso para el cambio (Gollini, 1981), es decir, la capacidad que tiene el cerebro para adaptarse, mediante la reestructuración de sus conexiones nerviosas (reforzando aquellas que más se utilizan y eliminando las que no se usan), a los cambios a los que es sometido a lo largo de la vida (emociones, pensamientos, influencias ambientales, enfermedades).

En el año 2000, un grupo de investigadores del University College London dirigido por Eleanor A. Maguire realizó un curioso estudio en el que analizó con Resonancia Magnética las diferencias existentes entre el tamaño del hipocampo de un grupo de taxistas londinenses y el de un grupo control. Para adquirir la licencia de taxista en Londres es necesario conocer con detalle el callejero de Londres, lo cual requiere un arduo entrenamiento que puede llevar hasta dos años. En el estudio de Maguire se observó que el tamaño del hipocampo posterior de los taxistas era mayor que el de los sujetos del grupo control, estableciendo además una correlación positiva entre el tamaño del hipocampo posterior y el tiempo trabajado como taxista. Con el tamaño del hipocampo anterior ocurría lo contrario.

La neuroplasticidad no sólo se ha demostrado en actividades tan específicas como la de ser taxista en el laberinto de calles londinenses o la de ser un virtuoso de algún instrumento musical (sí, se han descrito muchos cambios en los cerebros de los músicos), también se han observado cambios resultantes de actividades que hoy consideramos normales, pero que hasta hace poco no lo eran en absoluto, como el uso de smartphones. Sin ir muy lejos, a principios de año, un estudio reveló la existencia de diferencias electroencefalográficas en la corteza sensorial de usuarios y no usuarios de estos dispositivos.

penfield
Wilder Penfield fue un neurocirujano canadiense que realizó un mapa cerebral (conocido actualmente como homúnculo de Penfield) en el que asociaba las distintas zonas de la corteza cerebral sensorial con las partes del cuerpo de las que reciben la información sensitiva. Para el diseño de su particular mapa, estimuló con pequeñas corrientes eléctricas distintos puntos de la superficie cerebral de sus pacientes (en los años 40 y 50 las operaciones de Neurocirugía se realizaban con anestesia local, ya que no hay terminaciones nociceptivas en el cerebro) y estos le indicaban la zona del cuerpo en la que notaban el estímulo. Imagen con licencia CC obtenida de Human Anatomy and Physiology (OpenStax College).

Otro interesante estudio publicado en la revista Nature en 2004 estudió las diferencias existentes entre los cerebros de niños bilingües y monolingües. El estudio demostró con Resonancia Magnética que existía una mayor densidad de sustancia gris en una zona de la corteza parietal relacionada con la fluidez verbal en los niños bilingües, y que esta densidad era mayor cuanto antes se aprendía el segundo idioma. Este último resultado se debe a que la neuroplasticidad cerebral es mucho mayor a edades tempranas (hasta hace poco se pensaba que era el único momento posible) y va disminuyendo a medida que envejecemos (pero no desaparece, como hemos demostrado). Por tanto, no desesperéis con la velocidad de vuestros padres escribiendo por WhatsApp, poco a poco irán reforzando esas conexiones (esperemos).

Además de los ejemplos presentados, en la última década han sido numerosos los estudios que han respaldado el concepto de neuroplasticidad cerebral y que han ayudado a responder afirmativamente a la pregunta de si puede el cerebro cambiar a lo largo de la vida. No obstante, tras la respuesta a esta pregunta, siguió inevitablemente la de si era posible inducir estas modificaciones en la dirección que nos interesase. Empiezan entonces a aparecer conceptos como el de entrenamiento cognitivo (o brain fitness), un tema muy estudiado en la actualidad por su potencial y del que hablaremos en el próximo artículo.

Foto de portada: Flickr con licencia CC. Autor: Fabrizio Lonzini.

Rafa González

Estudiante de 6º de Medicina a tiempo completo y becario de investigación a tiempo parcial. Cuando tengo un hueco escribo en la sección de Medicina y Salud de MDO. Me gusta la tecnología y la lectura, pero no la combinación de ambas (ebooks).

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