Inmigración: Impedir lo provocado.
En las últimas semanas el foco mediático ha vuelto a girar hacia la inmigración, sobre todo tras el desgraciado incidente del naufragio de un pesquero con 850 personas a bordo. Estas idas y venidas podrían hacernos pensar que las personas que intentan cruzar el Mediterráneo lo hacen en oleadas. Nada más lejos de la realidad. Hay un flujo constante de personas hacia Europa que no para de incrementarse para desgracia de nuestros dirigentes que intentan frenar esta avalancha y de aquéllos que tienen que emprender la ruta hacia el viejo continente por necesidad.
En España, el número de inmigrantes residentes ha bajado sustancialmente, a pesar del aumento de extranjeros de la UE que se han establecido en nuestro país. En Junio de 2014 casi 5 millones de extranjeros residían en España, de los cuales un 55% son europeos o familiares, el llamado Régimen Comunitario. El resto, Régimen General, son en su mayoría de Marruecos, China y países sudamericanos. En los últimos años ha habido una disminución de personas en Régimen General, mayor en extranjeros de Ecuador, Perú, Colombia y Bolivia, aunque la obtención de la nacionalidad española también ha podido contribuir a esta bajada. Estos datos no son sorprendentes si se observa la franja de edad del Régimen General: un 78,83% esta en edad laboral, un 19,55% es menor de 16 años y sólo un 1,62% es mayor de 65 años. Es decir, 4 de cada 5 inmigrantes no pertenecientes a la UE estaban en disposición de tomar empleo, algo cada vez más complicado debido a la crisis que sufrimos desde 2008. En definitiva, la crisis ha hecho que sigamos siendo uno de los principales países de entrada al continente pero como una estación de paso hacia otros con mejores expectativas laborales. Es representativo que entre 2011 y 2014 el número de extranjeros en Régimen General con autorización de residencia por trabajo ha disminuido casi a la mitad, como muestra la siguiente gráfica ofrecida por el Ministerio de Empleo español.
A pesar de no ser un país actualmente receptor de mano de obra extranjera, nuestra situación geográfica nos hace protagonistas en el panorama europeo de este fenómeno y nuestra clase política no ha evitado entrar al trapo sobre el tema, con opiniones para todos los gustos. Nuestro Ministro de Exteriores, Jose Manuel García Margallo, opinó sobre la conveniencia de un despliegue militar en Libia, país muy convulso en la actualidad y desde el que están comenzando la ruta hacia Europa numerosas embarcaciones, así como un aumento de recursos para Frontex, Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los países miembros de la UE. Alberto Garzón, de IU, ha sido el que más crítico se ha mostrado con la forma de actuar de los países miembros, con polémica con la Guardia Civil incluida y aclarada según publicó él mismo en redes sociales.
Dimitris Avramópoulos, Comisario de Interior e Inmigración de la UE se expresó sobre el tema con frases como «Enfrentar la oleada de llegadas debe de ser una responsabilidad compartida» o «Destruiremos los barcos de los contrabandistas de almas». Frases que se unen a las dichas por políticos europeos de diversa ideología sobre el tema en una línea parecida. Desde distintas ONGs como Médicos Sin Fronteras se ha criticado el argumento de que asumir el salvamento provocaría un efecto llamada. Cruel y cínico por igual.
Pero… ¿Las medidas deberían ir en la dirección de poner más vallas y policías? O por otro lado, ¿no sería más adecuado actuar sobre sus causas en los países de origen para evitar estas migraciones? La clase política europea ha optado decididamente por la primera opción.
Sin embargo, y por lo general, para solucionar un problema resulta más conveniente estudiar la raíz del mismo. Si conocemos la realidad de los principales países emigrantes, en su mayoría desestructurados y pobres, es allí donde más efectiva sería la lucha contra la inmigración. Entonces, ¿por qué no se actúa en los países de origen? Difícil respuesta. Puede que Occidente tenga más que ganar con la situación actual en el continente africano que con una posible mejora de las condiciones en el mismo. Su posición como proveedor de materias primas a un precio muy competitivo hace que empresas de todo el mundo hagan negocio en tierras donde no hay legislación ni norma alguna. Y estas ganancias ayudan a que, como casi siempre que hay dinero de por medio, la solución gire 180º para no perder esos valiosos beneficios. Sin importar el precio humano a pagar por ello. Frontex tiene un presupuesto para 2015 de 114 millones de euros, presupuesto que previsiblemente se verá aumentado tras los últimos acontecimientos. ¿Sería preferible emplear el dinero de otra forma? Mi respuesta es afirmativa. El debate está abierto.
Foto portada: Miguel Ángel Adam Muñoz
Gráfica: Ministerio de Empleo y Seguridad Social.
Foto: anticapitalistes.net



Buen artículo, algo politizado, pero bueno al fin y al cabo. Documentado y fiel a la verdad. Mis dieses.