Yo, El Pueblo

Los momentos de (re)fundación democrática y construcción de nuevo interés general comienzan siempre por  Nosotros, la gente. Nunca por Nosotros, la izquierda.”  Llevaba razón el locuaz número dos de Podemos, Iñigo Errejón,  cuando el pasado 29 de abril, en plena incandescencia del proceso de pacto con IU, se manifestaba así en Twitter.  Es cierto digo, toda vez que resulta evidente que cualquier formación – o refundación- democrática de una sociedad debe partir necesariamente del concurso neutral de ese ente etéreo al que llamamos pueblo o gente. Fue así, cuando tras cuarenta años de cercenamiento de libertades y derechos, el pueblo/gente se propuso poner fin a aquello, favoreciendo la democratización del Estado. No obstante, huelga decir que aquel proceso fue capitaneado por la clase política del momento que, aupada por los votos de la gente supo -o tuvo que aprender necesariamente-, a encontrar un espacio mínimo de común entendimiento sobre el que hacer descansar las bases convivenciales y políticas del Estado. Así, la manifestación electoral  de un pueblo sediento de libertades, evacuó un tablero partidista profundamente plural en el terreno ideológico, aquello a lo que Vázquez Montalbán apodó “correlación de debilidades”, y que no era sino el reconocimiento de que ninguno de las opciones políticas del momento “estaba en condiciones de imponer su potencialidad, sino de que respetasen su debilidad”.  Ahora, bajo el pretexto de una nueva (re)fundación democrática, se nos quiere hacer desaparecer la dicotomía clásica de diferenciación política entre izquierda y derecha – con la colaboración de la fuerza que más sentido daba a la misma- , para sustituirla por una que, de triunfar, sobreentiende una acomodada pervivencia en el poder para quién la apadrine, como es la de arriba y abajo. Ya no se trata pues, de la construcción de un nuevo interés general partiendo de la voluntad libre y


bajo el pretexto de una nueva (re)fundación democrática, se nos quiere hacer desaparecer la dicotomía clásica de diferenciación política entre izquierda y derecha


democrática del pueblo, manifestada en varias direcciones ideológicas y canalizada a través de los instrumentos de participación política al efecto sino que, convirtiendo en menores de edad a los ciudadanos, se les concede un cambio de tablero político en el que habría que elegir, de manera tan inexorable como irreconciliable, entre la gente y los poderosos (otrora “la casta”).

Esta estrategia invita a una guerra constante entre poder y contrapoder desde una retórica no tendente al entendimiento social, sino al enfrentamiento fratricida concebido como irremediable e incluso natural: la lucha legítima del oprimido frente al opresor, que otorga una suerte de autoridad moral a aquel en detrimento de éste, a través de una visión desacomplejadamente maniquea de la política.

Esta concepción viene alimentada por las dosis demagógicas propias de quién se autodispensa -porque esta medalla es la de autocomplacencia- la posición inferior en el tablero inaugurado, y  demoniza por definición propia a quién ocupa la superior, apoyándose en algún pillaje o abuso de poder que no se atribuye al mal funcionamiento y/o utilización de las instituciones, sino a la opresión deliberada del pueblo soberano a través de un sistema creado a tal fin.  Para interiorizarlo, se le pastorea al ciudadano a través de una retaila de certezas incuestionables, sin dilemas ni alternativas. Así, la voz del pueblo acaba moldeando los intereses de este y favoreciendo una hegemonía -desarrollada por Gramsci- que el propio Errejón define así:  “un grupo o actor concreto con unos intereses particulares es hegemónico cuando es capaz de generar o encarnar una idea universal que interpela y reúne no sólo a la inmensa mayoría de su comunidad política sino que además fija las condiciones sobre las cuales quienes quieren desafiarle deben hacerlo”. Podemos sentirnos, sin duda, ratones de laboratorio en manos de la estrategia política de unos cuantos profesores universitarios que repararon en la existencia de una coyuntura propicia para intentar desarrollarla, impulsados por parte de un sistema mediático al que luego acusan de poco democrático y de estar al servicio de unos pocos. Vean qué cosas.

En un artículo reciente publicado en el diario El País bajo el título Propósitos colectivos o Guerra del miedo, José Andrés Rojo recoge una cita de Tony Judt que reza así : “toca elegir entre una política de la cohesión social o la erosión de la sociedad mediante la política del miedo” Remata el articulista indicando que es lo segundo lo que persiguen los populismos y que, en su opinión, deberíamos inclinarnos por lo primero.  Lo suscribo.

Ramón de la Cruz

Graduado en Derecho por la Universidad de Almería

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