Para vivir

«No sé, simplemente no le veo el sentido.»
«¿Y ya está, así, sin más?»
«Sí, creo que eso es todo.»

 
Estoy de pie frente a un hombre de pelo lacio y gris violentamente repeinado hacia atrás, gafas de curiosa forma geométrica, mirada triste. Nos separa un escritorio perfectamente limpio y vacío, a excepción del ordenador en el que el oficinista apunta. También se le podría llamar recepcionista, ya que estamos en una especie de recepción o de hall, por usar un anglicismo, si es que aún tiene algún sentido usar ese tipo de términos: la frontera entre las distintas lenguas que se usaban en el mundo ya hace tiempo que se disolvió, se volvió invisible o se hizo tan flexible que las abarca todas bajo el sencillo nombre de “La Lengua”.
Un amigo antropólogo me comentó que existen aún algunos grupos de humanos (habitantes la mayoría de los pocos sitios que, por poco accesibles geográficamente, han permanecido como “Santuarios de la Naturaleza”) que conservan idiomas que han escapado de esa globalización lingüística tan brutal, pero la mayoría sólo han subsistido como poco más que dialectos. Esto me lo contó ahora hará 20 años. Poco después intentó suicidarse. Ese fue el principio de su desdicha, el hecho que, cual pistoletazo, marcó el inicio de su desgracia actual, pasada y futura.

Y es que, hoy en día, está prohibido suicidarse. O, por lo menos, hacerlo de cualquier manera o por uno mismo. El suicido tiene que ser legal y por el procedimiento por ley establecido. Por eso estoy aquí, conversando con el señor de pelo lacio, alias “el recepcionista”: quiero suicidarme. Y quiero hacerlo bien.
«Veo que ha terminado con el “PPAV” (Programa Para el Apego a la Vida). Imagino que no le resultó.»
Me limito a encogerme de hombros. Haber completado el “PPAV” es el primer y prácticamente único requisito para poder solicitar la admisión en una de las “ORPFV” (Oficina Regional Para la Finalización de la Vida) repartidas por el mundo, la única manera legal de poner fin a la vida de uno. La duración e intensidad de éste depende sobretodo del tiempo que lleve uno vivo. Este tiempo es muy variable desde que dejamos de ser una especie mortal. A partir de cierto número de años, o de cierto número de hijos criados de manera satisfactoria (según ciertos índices de felicidad y trayectoria laboral de los mismos) el procedimiento se hace mucho más corto y ligero, reduciéndose prácticamente a firmar un par o tres de documentos.
Me faltan hijos y años: no me he reproducido hasta la fecha (y, dadas las circunstancias, no creo ya que lo haga) y soy joven, asquerosamente joven. Tampoco hay ninguna razón objetivable para mi desgana de vivir, como concluyeron tanto el “Comité de Valoración Biopsicosocial” y el “Comité de Salud Mental y Neurotransmisores”.
Tengo trabajo, amigos y dinero suficiente, a veces incluso me río (aunque nunca con muchas ganas). Un pequeño apartamento de la zona más tranquila y rigurosamente ajardinada de mi ciudad me pertenece. Soy su único habitante. Siempre lo he mantenido limpio y en buenas condiciones. La soledad no me asusta. Supongo que la mayoría definiría mi vida como agradable y a mí como afortunado. Pero tener la misma esperanza de vida que nuestro sol me parece, sencillamente, demasiado. Sería muchísimo tiempo conmigo mismo.
Tiempo (¡qué terrible palabra!): segundos agrupándose en largos minutos, en horas interminables, siempre aquí y siempre ahora pero nunca aquí y nunca ahora y siempre sin morir, días, semanas, calendarios enteros, círculares y aborrecibles, estaciones previsibles salpicadas de fiestas y fechas que se repiten hasta la náusea: El Día del Amor, El día de la Família, El día de dar las gracias, El Día de pedir perdón… Cualquier unidad en la que se mida, cualquiera de sus clasificaciones, me resulta ya exasperante.
La inmortalidad de nuestra especie fue un hecho desde el descubrimiento del MDPI (Método Definitivo Para la Inmortalidad), aprobado mundialmente de forma unánime en el momento en el que el espacio y los recursos dejaron de ser un problema: se pobló el cielo de anchísimos países de hojalata superpuestos y se inventó la máquina de nubes condensadas y varias formas de cubrir de manera casi permanente las necesidades nutricionales, entre ellas la implantación de la fotosíntesis en la especie humana, ahora ciborg en su totalidad (comer no es más ya que un vicio y los ríos un escaso adorno visual).
Consiguieron acabar con la muerte pero, pese a las prácticamente infinitas opciones de ocio disponibles, no consiguieron terminar con el hastío. No con el mío, al menos. Todo lo que en otro tiempo (en otros días, en otros calendarios) me hizo sentir vivo me resulta ahora insulso y poco emocionante. Soy joven, pero creo haber vivido todo lo vivible en este, nuestro ex azul y moribundo planeta: el exceso y la falta, la precariedad y lo sublime, el amor con su doble filo, la rabia, el odio, la mentira. ¿Y luego? ¿Esperar juntos, almas viejas, a que nos envuelva el sol en su abrazo justo antes de apagarse? ¿Por qué? ¿Para qué? He ido haciendo los cuestionarios mensuales de felicidad durante toda mi vida, he acudido a todas las revisiones médicas. Las pruebas de funcionamiento cerebral y de nivelación de neurotransmisores y hormonas salieron impecables. Estoy sano. Soy cronológicamente joven. Y supuestamente feliz. Pero quiero morirme. Y punto.
Eso dije el primer día del PPAVPMIEPE (Programa Para el Apego a la Vida Para Mentalmente Inestables o con Excesivas Preocupaciones Existencialistas), un tipo de PPAV especializado en personas de mi condición. Es el programa más arduo y largo, en el que fui incluido por mis circunstancias y antecedentes ya explicados (pocos años, pocos hijos).
Incluye suplicios tales como un número casi inasequible de citas obligatorias con mujeres de toda clase, jornadas atiborradas de placeres sexuales y culinarios sinfín, constantes seminarios de orientación laboral, vital y metafísica, visitas interminables con curas y psicólogos, clases magistrales sobre la creación propia y ajena, Dios y la ciencia, Satanás y el castigo, variadísimos talleres histórico-culturales y múltiples actividades deportivas, excursiones a los Santuarios, masajes, complejísimos tratamientos con drogas antidepresivas, antipsicóticas y euforizantes, terapias de grupo y electro convulsivas, trasplantes completos de corazón y parciales de cerebro, suscripciones forzadas a diversos clubs de futbol, de caza, de aficionados a las actividades más absurdas, de fans de tristes títeres maquillados, de los más inverosímiles animales de compañía, obligadas compras de cientos de boletos de lotería, estadías internacionales ejerciendo el humanitarismo junto a las personas más loables, cortísimas horas plagadas de surrealismo, noche y abstracción junto a las más perdidas, toneladas de ropa y zapatos nuevos a probarse, debiéndose adquirir bajo estricta vigilancia un cierto número predeterminado de ejemplares…
Nada sirvió. A eso me refería al encogerme de hombros hace un momento ante el recepcionista de la ORPFV de expresión melancólica.
«Deberá tomar el camino de las rosas azules o internarse en el bosque. No tome el de las violetas, es demasiado corto y directo y es usted aún muy joven. Recuerde que la puerta es estrictamente unidireccional. Una vez la traviese, el único posible retorno es a través del Bosque. Recuerde que estará en todo momento vigilado por la más avanzada tecnología y nuestros más atentos profesionales, así que no estropee todo el trabajo de estos últimos meses. No querrá acabar en una USO (Unidad de Supervivencia Obligada)…»
Asiento y avanzo hacia la puerta que el recepcionista de pelo lacio me ha indicado con un gesto de su largo y huesudo brazo. USO. Mi amigo, el antropólogo, debe seguir ahí. El último recuerdo de él, la última visita: un bozal, como los perros, para que no intente más abrirse las venas a mordiscos.
El picaporte de la puerta es uno normal y corriente, de funcionamiento lógico y sencillo. Abro la puerta y encuentro un camino de tierra rodeado de verde, los lados, y de azul, arriba. La puerta se cierra a mis espaldas. Por este lado no hay picaporte.
“Inspire profundamente”, me recomienda una voz, e inspiro. No cambia nada. Enseguida llego a la bifurcación.
A la derecha, el camino de violetas, que me está terminantemente prohibido.
Enfrente, el de las rosas azules.
Recuerdos de recuerdos contados en historias, convertidas algunas en leyendas, acuden de inmediato a adornar la visión de la densa y seria hilera de árboles que tengo a mi izquierda, complementando así la percepción de la tercera de mis posibilidades: El Bosque.
El que fue novio de mi hermana, estuvo allí. Consiguió regresar para intentar volver con ella. Y volvieron. Una noche, el vino le hizo contar alguna pincelada de lo que allí había vivido.
Habló durante horas: senderos hacia todas partes, playas largas como el mar, ríos yendo o viniendo de altísimas cascadas, volcanes dormidos despertándose, desiertos sin oasis, precipicios.
Habló de cuevas siniestras con mantas viejas y usadas, de los restos, por todas partes, de hogueras consumidas, de cabañas, de pequeños poblados; marcas de los habitantes del Bosque, algunos de los cuales llegó a conocer, compartiendo con ellos los pasos por los senderos durante días, minutos o años (en la ORPFV se entra sin relojes ni calendarios).
También perfiló, durante varias copas, tal heterogéneo grupo de caminantes: relojeros seniles polimedicados inmortales, cómicos malhumorados exprimiendo un sarcasmo ácido y sin gracia, millonarios con hachas chillando medio afónicos y completamente desquiciados, médicos narcisistas jubilados, eufóricos aventureros ansiosos de vida y muerte, poetas perfumados vendidos a la estética y a las comodidades, deprimidos carniceros llorando sobre cadáveres que previamente destrozaron, románticos pescadores desencantados con los horizontes, artistas en paro sin musa, hadas cocainómanas perdidas entre salas y rayas blancas por no creer en ellas mismas, actores representando para sí mismos un papel inventado por ellos hasta cada extenuación y cada consecuente censura del sueño, frenéticos malabaristas del peligro aficionados a la física, la metanfetamina y el alcohol, envalentonadas hordas de calcetines arrastrando a abúlicos portadores aquejados de miedo y lumbago, inagotables buscadores de adjetivos que los definan, taxistas furiosos blandiendo taxímetros y predicando a gritos el apocalipsis, soldados con heridas incurables infectadas por la pesadilla, fumadores compulsivos sin brazos y sin piernas aplaudiendo a sus indirectos asesino con la lengua, miopes esperpénticos que cultivaron la palabra hasta el agobio o la afasia, brillantes esposas esposadas a la servidumbre, varones impotentes rezumando prepotencia, mujeres sordas paranoicas, parejas predispuestas por Dios y la genética a estar juntas divorciándose en un desplante a la Iglesia, la ciencia y Cupido, cuerpos anémicos con las muñecas abarrotadas de cicatrices llorando y enamorándose, lamiéndose, tristes, los genitales en un intento de maquillar con fugaces orgasmos flojos el desconcertante absurdo, frutos de vientre dando frutos de vientre, solitarios presidiarios astrólogos autodidactas, desalentados revolucionarios con pólvora pero sin versos, músicos matemáticos hechizados por la belleza… aspirantes a muertos todos, suicidas reprimidos, ¡locos!, nómadas en busca de la nada, fugitivos del cíclico vacío, expertos en la mentira y la esperanza tropezando con sus propios pasos, convirtiéndose a la desesperada en cualquier algo tras cualquier veneno que por color, olor o forma sugiera lo fatal e irremediable, almas atormentadas por la idea de lo eterno víctimas de un maltrato terrible y auto infligido, despreciándose y maldiciendo y arrepintiéndose de haber optado por El Bosque, tratando sin éxito de morir de hambre, de sed, pero la ciencia ya se encargó de eso (la última inyección suplementaria PentaTOTAL los protegerá de la inanición y la enfermedad muchos siglos más).
Nunca aclaró como lo consiguió, salir del Bosque. A veces he pensado que quizás tan solo lo quiso: mi hermana no estaba con él. O quizás fue la suerte o el azar quien le mostró el sendero correcto. Nunca lo dijo.
Al finalizar su relato sobre su experiencia en El Bosque nos dijo, eso sí, que estaba muy feliz: esa mañana había visto la luz abrirse paso a través de estrellas escondidas y nubes y viento y todo el azul y llegar a muchos sitios, a muchos recovecos por sorpresa, y dibujar tantísimas sombras bonitas y graciosas y sugerentes y estrambóticas y frágiles y frescas. Poco tiempo después se cortó la yugular y la carótida con una botella rota y aún medio llena. Supongo que se mezclaron la sangre y el vino.
No sé qué, a pesar de todo lo malo que se dice sobre él, lleva a algunos a decidirse por El Bosque o a recomendárselo a otros (los que salen a los que tal vez entren). ¿Indecisión? ¿Curiosidad? ¿Miedo? ¿El despertar de una marchita ilusión? ¿Una búsqueda final y desesperada de la respuesta, de la fe, del amor? ¿Una justificación última y absoluta?
No tengo ni quiero ninguna de ellas, ni pretendo salvarme. Emprendo el camino de las rosas azules.
Su nombre le hace justicia: rosas color cielo bordean el camino con una simetría asombrosamente conseguida, incluso parece que hasta las nubes contribuyen a tal propósito, distribuyéndose de igual manera a lado y lado de la línea vertical e invisible que el sendero traza o trazaría hasta el azul mediodía intenso. “Sea consciente de cada paso, relájese”.
El sendero se adentra en un prado que se va elevando suavemente hasta hacerse colina. Al llegar a su cima, si es que se puede usar tal nombre al hablar de un monte de tan poca altura, veo una vasta extensión de hierba, nubes y cielo, y, al fondo, de color negro brillante y estilo neotodo, el edificio donde moriré. No sin cierto asombro, compruebo otra vez como el afirmar tal cosa ante mí mismo no me llena siquiera la más nimia de las emociones.
Me doy cuenta de que me he detenido por primera vez desde que crucé la puerta unidireccional. Quizás sea por mis piernas, ya que no por mis ojos o garganta, por donde mi cuerpo intenta canalizar lo que siento, lo que debo estar sintiendo, en un último acto de protesta, una última rebelión de la vida, un resorte automático de mi instinto de supervivencia, que imagino aún sobrevive en alguna parte de mí.
Reanudo la marcha y empiezo a descender por la ladera opuesta de la colina, por la que el sendero serpentea describiendo un recorrido más largo, seguro, de lo que sería necesario. Vacas pastan cerca, algunas me miran con ojos llenos de algo que no sabría si describir como piedad, indiferencia o incomprensión. En cualquier caso no interrumpen su nutricia actividad mientras paso, silbando. Sí, me he puesto a silbar, sin darme cuenta, una canción sobre patos ahorcados y soles con miedo a la oscuridad que me enseño mi tío abuelo de niño, es decir, cuando yo aún era niño y él era ya tío abuelo. Ahora que lo pienso, estas canciones infantiles tienen letras bien raras.
Otra vez vacas. En esta ocasión no pastan, sino que permanecen firmes, orientadas cara al sendero. Las montan hombres trajeados con bigotes finos que, al ver que me acercaba, han comenzado a tocar “Invierno”, de las 4 estaciones de Vivaldi, con bonitos instrumentos de cuerda: violines, violas e incluso un contrabajo (el que toca el contrabajo hace equilibrios imposibles para no caerse de su montura, que resulta ser, encima, la más delgada de todas). Van posándose, como rocío, las notas sobre la yerba, se cubre el campo de música, y así vestido, lucen más bellas, como con un extra de luz, las ondulaciones de su terreno.
Algo como de nieve y barro, como de sal y pena, despierta en mí removiéndose y amenaza con no limitarse a mi estómago, a mi pecho; es un algo con uñas y quiere desprenderme de mi piel, por donde corre ahora, libre, otro algo que me recuerda a una mezcla de escalofrío y caricia. Pero, lo que sea, enseguida se muere. Tal vez lo fui, pero ya no soy buen sitio para las semillas ni las huellas ni los escalofríos de ninguna clase. Algo sorprendido, eso sí, sigo avanzando tras inclinar ligeramente la cabeza: saludo a los músicos y a las vacas.
A la izquierda del camino hay ahora un pequeño lago bajo una pequeña nube. Cae de la nube al lago, de vez en cuando, una sola gota cada vez: la Gota; del encuentro con sus hermanas nacen círculos expansivos: diana para pájaros y ángeles que cruzan, sin prisa, siete patos. Ordenados según tamaño y unidos, probablemente, por estrechos lazos familiares, no parecen inmutarse por mi presencia. Al cruzar bajo la nube, la Gota cae sobre la cabecita del que va en penúltima posición, y el azar le da tanta precisión y la gravedad tanta fuerza que, inmediatamente, el penúltimo pato se hunde en el acúmulo de todas las otras gotas sin un ruido ni un adiós. Este acontecimiento me entristece, y decido continuar.
Me pregunto qué me diría una pitonisa ahora, qué podría leerse en los surcos de mis palmas. Me pregunto qué predicción inexacta sacaría de este tristísimo azul un meteorólogo loco, qué comentaría sobre estas nubes mansas, sobre este sol casi helado que las pastorea. ¿Invocaría ahora a los dioses el líder espiritual de una civilización perdida y ancestral? ¿Sería capaz de prender fuego un pirómano primerizo al futuro con el presente aunque ya casi no quede nada de ninguno de los dos? ¿Se rebelarían entonces las mentiras como incombustibles? Fuego, fuego. ¿Qué dejaré en breve atrás, además de a mí mismo? ¿Algo? ¿Alguien? Ya que parece que ya no los hombres, ¿me condenará Dios, si es que existe? ¿Pagaré con llamas mi osadía, mi desprecio? Fuego. ¿Será una muerte eterna el castigo a la renuncia al eterno vivir? ¿Cambiaré una nada interminable por otra? ¿Y si resulta que, finalmente, la muerte no es el fin? ¿Y si resulta que no hay salida a estar muerto?
He llegado al final. En todos los sentidos. Bordean ahora el camino dos rectas líneas de cipreses, como los que se plantaban en los cementerios cuando la gente aún no podía decidir no morirse, cuando la muerte era aún eventualidad y destino y escapaba a los dominios, por otra parte ya cada vez más ilimitados, de la voluntad humana. Termina el camino en la escalinata de entrada al negro edificio brillante estilo neotodo donde los suicidas mueren. A pocos pasos de ella, algo me detiene: una mujer solloza a mi derecha, apoyada en un ciprés.
Me acerco y, al tomarla por el brazo, la mujer levanta la cara, que tenía hundida entre su otro brazo y la corteza del árbol, y clava en la mía una mirada húmeda y verde.
Inmediatamente, nos unimos en un abrazo; como lo que une la ternura al arropar al que aún duerme, la nostalgia a lo que se va, el desconsuelo a la lágrima o el beso o la risa a la memoria; con la necesidad que tiene el desvelo del arrullo, la caricia de la mano o el deseo de la piel; aferrándonos al otro como la llama a las cenizas, como al náufrago la sed o al viaje último el filósofo cuando aúlla el sinsentido.
Y entonces, ese algo que sentí antes en mí se consolida en mi pecho, me arrebata la voz, me aprieta la garganta, me pasea un temblor por el labio de abajo, se extiende hacia mis ojos y, al siguiente parpadeo, estoy llorando.
Y parece ser que es este lloro el río en que la angustia decide abandonarme para sembrar lo terrible (¡terrible todo siempre!) en la tierra, para agobiar a las raíces y a los tubérculos con su quejumbrosa presencia.
Y a medida que voy gastando lágrimas, consumando así el deshielo de mi tristeza y mi miedo, añoradas renacidas ideas vuelven a tomar el espacio, en compañía ahora de otras nuevas, entre mi columna y mi esternón:
Estar ahí cuando muera el sol, el tiempo, abrirme en dos para que dejen todas las cosas su marca en mi alma descubierta, para que pasen sus continentes, los segundos, dejando huellas que se mezclen con lejanos sueños, siempre sucediéndose sin llegar a suceder. Me gusta así, bellos imposibles jugando, bajo la tutela de la esperanza, junto a las fragilísimas sucesiones de lindas y efímeras nimiedades. Y, a ratos, por qué no, echar mano en un paseo de jardín de la extensa colección de recuerdos y suspirar y sonreírse… Y, también, atravesar el Bosque juntos, la mujer y yo, a la vez intrépidos y temerosos, de la mano, puede que felices…
El silencio rebosa ahora de cantos de pájaros y estoy seguro de que, de tener mejor oído, oiría el batir de sus alas y el latir de su alocada incontenida alegría.
Se olvidaron los abrazos, pienso. O no (pero me resisto a comprobarlo).
Sin yo abandonar sus brazos, ni ella mi pecho, nos hemos ido sentando bajo el ciprés. Da una sombra agradable y ni la mujer ni yo lloramos ya; nuestras respiraciones son ahora profundas y acompasadas. Creo que voy a quedarme dormido.

 

Imagen de Paulo Valdivieso

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