Cambio
Reconozco que me gustó Podemos. No era difícil en un contexto en el que el reconocimiento claro por parte del electorado potecialmente situado en el centro-izquierda de un partido en el que canalizar su voto se encontraba desdibujado. Las políticas económicas y sociales (evidenciadas en los recortes) llevadas a cabo por el PSOE, la organización política que históricamente había ocupado esa posición, acrecentaron mucho la ebullición de nuevas alternativas que, en parte, han terminado de reencauzar electoralmente esos millones de votos perdidos por el camino de la irresistible, innegable, ¿inevitable? austeridad. Incluso Izquierda Unida rentabilizó, salvando las distancias, esta posibilidad histórica. Porque así es como le gusta llamarlo a Pablo Iglesias, una «posibilidad histórica» que tuvo su primera edición en 1977 cuando el PCE de Carrillo sucumbió en su ansiado papel de vanguardia de la izquierda ante un Partido Socialista liderado por dos sevillanos que (ahi sí) vestían pana, que después tuvo su reedición en los años 90 de la mano y pinza de Anguita y que persigue su objetivo todavía hoy no conseguido de la mano de un líder que maneja, como nadie actualmente, el tempo de la política a su antojo. Por méritos propios y propiciados. Pero esta es la película: el primer objetivo de Iglesias no es hoy alcanzar un gobierno que palie, a corto-medio plazo, la desigualdad rampante que nos asfixia, sino traquetear, desde su posición privilegiada, una opinión pública de eje izquierda para pastorearla hasta su tierra prometida. Y si para eso hace falta venderles la moto de que él es quien se acerca a la montaña (su pretendido viraje hacia el centro es evidente), y no la montaña a Mahoma (por seguir con el símil religioso), no le importa siempre y cuando él siga siendo el Dios. Basta con comparar el modo en el que habla para los militantes y votantes socialistas, a la manera en que lo hace con sus dirigentes. Y verán el cortejo humildoso de un seductor perfecto, precedido o siguiente a una práctica totalidad de frases dirigidas a sus interlocutores de negociación y representantes de los anteriores, en las que la arrogancia, el cinismo y el odio componen el espíritu de todas ellas. Y esto es curioso, porque es capaz de pedir un pacto por el cambio tan necesario de izquierdas para acto seguido proponer para liderarlo a un líder que inmediatamente vapulea de manera ignominiosa a cuenta del destino, haciendo que todo nos parezca lógico. Y es que, Iglesias es capaz de estar torpedeando constantemente el pretendido por otros pacto progresista, sin perder ni una pizca del electorado conseguido y sumando (poco a tenor de las encuestas) del electorado a conseguir, cuando ambos nichos electorales se encuentran deseosos, en su inmensa mayoría, de poder conseguir el acuerdo. Claro que esto sería impensable sin la excesiva complicidad del lado socialista, acusando quizá el hecho de que les apetezca más idea de una (¿ secuestrada?) estancia en La Moncloa, que la de ejercer un liderazgo claro que defienda una posición conseguida y ejercida a lo largo de más de 40 años de democracia, con sus virtudes y sus errores, de una manera útil para la sociedad.
Así las cosas, el PSOE tiene, por evidente, la certeza de que el primer objetivo de su posible aliado no es la consecución de un proyecto político compartido, sino propiciar los mecanismos necesarios para proceder a su descuartización y posterior ingesta. Creanme cuando les digo que si tan claro es el hecho de que, en estas condiciones las posibilidades para el pacto leal, honesto y eficiente resultan nulas, no lo resulta tanto el hecho de que lo intentarán (los socialistas digo) y lo conseguirán siempre y cuando Pablo Iglesias lo desee porque le convenga y Pedro Sánchez caiga en la trampa del éxtasis presidencial. Y los estados de éxtasis son, por definición, pasajeros. Y el despertar un suplicio.
El problema es que la idea de pactar, hablar o ni siquiera pensar en tener algo con el PP, no casa ni por asomo, y con razón. Al despidiado, frío e intenso desmantelamiento de los pilares básicos de nuestra convivencia, se le suma un estatus de adalid del hecho corrupto que cuestiona la idea de ser considerados como una organización que persigue un interés político conjunto, para dar paso a pensar que más bien lo perseguido es sólo el interés particular de unos cuantos.
Así las cosas, con Iglesias diciendo que te tiende la mano, mientras te golpea con la otra, y sin posibilidades de ceder ante un PP ruborizado ante su imagen misma, que no escatima ni en deslealtades al Jefe del Estado (¿La derecha?), interpreto que cuando Sánchez se refiere a tender la mano a izquierda y derecha, con la derecha (porque con la izquierda no hay remedio) se refiere a Ciudadanos. En este sentido, varias informaciones han apuntado a la posibilidad de un pacto entre Socialistas y Ciudadanos que buscaría la abstención (poco probable) del PP, o en cambio, la de Podemos, habida cuenta de que tanto socialistas como la formación naranja confían en poder presentar un programa reformista urgente, tanto en materia económica como social, que recupere pactos en materias clave para una convivencia en garantía de igualdad y derechos de todos los españoles0. Este posible gobierno, sería evidentemente de duración a corto-medio plazo, y con políticas tasadas. Y podría ser la antesala que prepare una irremediable reforma constitucional, buscando consensos a izquierda y derecha. Con un programa que pondría muy difícil la explicación de su rechazo por parte de Podemos. Tendrían que elegir entre votar con Rajoy para nuevas elecciones con resultado incierto y riesgo de bloqueo, o dar paso a un gobierno reformista que empiece a reconstruir (aunque no con la pretendida intensidad ideal) los derechos despedazados durante lo más duro de la crisis. Está bien que tienen el discurso del pacto preferido por el Ibex, pero la posibilidad se mostrará negativa o positiva en tanto que las medidas y su intención también lo sean. Además, ese posible pacto incorporaría una suerte de cortapisa que deberá decidir como insalvable o no Pablo Iglesias (hablo de él no de su electorado), y es la del respeto a la soberanía nacional y la integridad territorial de España. Iglesias se juega mucho en Cataluña, Galicia y en menor medida en la Comunidad Valenciana en torno a esto. Y la verdad, estimo que resultaría difícil explicar a un votante de Valladolid porque no sale adelante un pacto reformista solo porque no incorpora el derecho de autodeterminación de los pueblos. No sería mi opción menos mala, de no ser por lo evidente de las intenciones de Iglesias, que aún así, deberá moderar las formas, si no quiere que la arrogancia propia de quien anda mas cercano a unas ideas que rondan la impronta leninista que a las del verdadero socialismo democrático (que el PSOE también vapuleó), pueda frenar la sangría de la que se beneficia.
