El curioso caso de Phineas Gage
En nuestra sociedad, las enfermedades del cerebro se consideran tragedias infligidas a personas a las que no se puede culpar de su condición, mientras que las enfermedades mentales se ven como inconveniencias sociales de las que esas personas son responsables en gran medida. Esto refleja una ignorancia básica de la relación entre cerebro y mente. Antonio Damasio, El error de Descartes.
13 de Septiembre de 1848, Vermont (USA).
Phineas Gage, siguiendo con su rutina, se prepara para un nuevo día trabajando en la construcción de la línea de ferrocarril Rutland & Bulrington. Claro, que ni él ni sus compañeros, sabían que ese día quedaría marcado en la medicina como una fecha clave para el entendimiento del funcionamiento cerebral.

Una parte del trabajo que se realizaba consistía en romper las rocas demasiado grandes para que pudiesen moverse. Para ello, se perforaban, se rellenaba el hueco con dinamita, se cubría con arena y se prensaba delicadamente. Con esto se conseguía que la explosión fuera algo más que fuegos de artificio. Sin embargo, ese día 13 hizo honor a su fama de mala suerte y algo no salió como se esperaba. Parece ser que Phineas no prestó mucha atención y procedió a prensar sin haber colocado la arena. El resultado: la vara de metal que usaba salió despedida y atravesó su cráneo entrando por la mejilla izquierda y saliendo por la parte frontal craneal.
Sorprendentemente, Phineas Gage no sólo no murió en ese instante, si no que se mantuvo consciente en todo momento. Fue trasladado por sus compañeros al hotel donde acudió el doctor Harlow. La herida se describió como un embudo invertido en la parte superior de la cabeza, y la abertura rondaba los 4 cm de diámetro. Reseñable fue su supervivencia a dicho accidente, apareciendo en un buen puñado de periódicos de la época con lúgubres titulares encabezándolo, pero aún más increíble fue que mantuviera capacidad para moverse, hablar y responder de forma coherente, apenas habiendo transcurrido unos minutos del suceso. La única secuela que se podía observar a simple vista era la pérdida del ojo izquierdo. En unos dos meses Phineas ya estaba «oficialmente» curado. Pero algo había cambiado en él, en lo profundo de su ser. Ya no volvería a ser el mismo.
A pesar de que la recuperación tanto física como sensitiva fue completa, Phineas Gage ya no era Phineas Gage. Como relataba el doctor Harlow «se había destruido el equilibrio que había entre su facultad intelectual y sus propensiones animales». El hombre con energía de carácter, hábitos moderados y de cierto éxito que dirigía a un grupo de hombres en la construcción del ferrocarril con alta estima de los jefes dio paso a otro, sin orden, maleducado, caprichoso y sin capacidad alguna para la planificación y la preparación. Tal fue el cambio que fue despedido poco después porque consideraron que la variación en su mente era demasiado acentuada. El problema era su carácter, no sus conocimientos y tampoco su físico.Durante una época cambió de trabajo cada poco, abandonándolos normalmente por arrebatos o incumplimientos en el mismo. Acabó siendo exhibido en el Museo de Barnum, en Nueva York, siempre acompañado del hierro de atacar.
En 1852 viajó a Sudamérica, donde trabajó entre otros como conductor de diligencia en Santiago y Valparaíso. Poco más se sabe sobre su aventura en el sur del continente. En 1859 su salud empeora y en 1860 vuelve a Estados Unidos, para morir en 1861 siendo víctima de un status epiléptico a la edad de 38 años.

Una vez contada la historia de Phineas nos asalta la siguiente pregunta, ¿Por qué influyó este caso en la concepción del funcionamiento cerebral? Pues bien, hasta ese momento, había dos teorías un tanto diferenciadas. Una que abogaba por la necesidad del conjunto cerebral para llevar a cabo todas las actividades, es decir, que no había ciertas áreas del cerebro que realizaban tareas determinadas, y otra, denominada Frenología, que defendía el cerebro como un agregación de órganos, cada uno con su actividad propia. Justo en esa época los neurólogos Broca y Wernicke establecieron un área cuya afectación llevaba a trastornos del lenguaje. Bien llegados a este punto, podríamos comenzar a pensar que en el cerebro de Gage no se vio afectada ni esta ni otras áreas importantes, pero aún así, su libre albedrío, su capacidad de tomar decisiones, se habían evaporado. En definitiva, había perdido algo auténticamente humano, el ser social. Si aún conservaba el conocimiento para actuar en una vida en sociedad, había dejado de saber usarlo.
Las zonas en cuestión afectadas fueron las cortezas prefrontales de ambos hemisferios, en las caras ventrales e interiores, conservando las laterales. Esta región parece clave en la toma de decisiones, explicando en parte la vida tras el accidente, su incapacidad para seguir las reglas sociales, planificar el futuro y saber elegir lo más beneficioso para él. Aunque es obligatorio decir que ni siquiera hoy día hay un consenso total sobre estos procesos y sus áreas, habiendo todavía mucho por descubrir.
Parece un tanto cruel que fuera su cambio de carácter y su nula habilidad para elegir lo que acabara con Phineas Gage, en lugar de la barra de hierro que atravesó su cabeza. Pero gracias a esto, este trabajador de ferrocarril quedará para siempre en la historia de la Medicina.
Fuentes: El error de Descartes, Antonio Damasio.
