Primeras impresiones de la 2ª temporada de True Detective.
(Este texto está repleto de spoilers de la primera y la segunda temporada de true detective)
Ha sido un largo año de espera por ver el nuevo universo que Nic Pizzolatto tenía preparado para esta ocasión. Ha vuelto la radiografía de la cara más sórdida de los Estados Unidos. Si True Detective nació en Luisiana para mostrarnos las profundidades de “El Sur”, en esta temporada el escenario son las urbes interminables de la Costa Oeste. La serie ha pasado de las infinitas zonas pantanosas de Luisiana (las tomas aéreas que esta serie realiza de los paisajes han pasado a ser un personaje más) a una jungla de hormigón y acero. Los grandes ríos y las ciénagas pantanosas que creaban la atmósfera claustrofóbica en el más abierto de los espacios (de una forma bastante parecida al uso que la más castiza Isla Mínima realizó de las marismas del Guadalquivir) ahora es una ciudad enorme repleta de personas la que se encarga de aislar en una profunda soledad a cada uno de los nuevos personajes que aparecen ante el espectador.

Soy consciente que acabo de realizar dos grandes contradicciones al describir los escenarios, pero este nuevo true detective encierra bastantes, por ejemplo la protagonista femenina, es de lejos el personaje más pequeño, y sin embargo bastan sólo unos minutos para hacernos ver que en absoluto se encuentra desvalida por el arsenal que maneja. Por otro lado es la hija de una comuna hippie pero reniega del peace and love (que no han abandonado su padre y su hermana) para ser más amante del orden y la ley. Pasando al resto de personajes, el ex-marine es leal, obedece las órdenes de sus superiores, todo muy militar, excepto quizás que sea gay, lo cual no es bastante común dentro de la disciplina castrense y el mafioso, que aunque empiece rodeado por la jet set y alejado ya del mundo de la calle, según avanza la serie se muestra capaz de volver al barro a mancharse las manos (me gustó bastante la endodoncia que practica en el episodio 3), pero además es el encargado de recoger el testigo de las charlas metafísicas de Rush Cohle (para mí la parte donde más flojea esta nueva temporada, el bueno de Mathew dejó el listón muy alto).
Quien no sigue el camino de la contradicción es Ray Velcoro, su policía es todo lo que tiene que tener un papel de policía para triunfar: alcohólico, violento, corrupto, familia rota… He de reconocer que me surgieron muchas dudas cuando salió el nombre de Collin Farrell como protagonista, pero por lo visto hasta ahora está cumpliendo con creces su parte y su hilo argumental es el más interesante de los presentados hasta ahora, pues el pobre muchacho se encuentra en el epicentro de la acción, a las órdenes del alcalde y del mafioso, pero manteniendo cierto código propio; sirviendo de expiación al marine, sirviéndole de apoyo en las horas bajas y con el juego entre el cortejo y la delación con la agente Ani Bezzerides. Es el nexo de unión de todos los demás.

No sólo de contradicciones vive esta temporada. Otro sentimiento omnipresente es la soledad de todos los protagonistas. Bezzerides huye de su pasado y rechaza (por lo visto hasta ahora) las tesis de su padre o la forma de vida de su hermana por un lado y por el otro no es capaz de avanzar en una relación estable; justo el mismo problema que está teniendo el personaje de Taylor Kitsch, pero por motivos diferentes, él intenta llevar una vida lo más normal posible, renegando de su auténtico ser (que por lo visto si gozó de más libertad en medio de Afganistán, otra ironía). El grandón de Frank Semyon, que en un principio era el que tenía una posición familiar más asentada, empieza a raíz de sus problemas económicos a tener problemas con su mujer (de nuevo otro punto donde la serie flojea por ser un argumento bastante usado ya). Y cerrando el círculo solitario Velcoro, que ya había perdido gran parte de su familia gracias a un divorcio (que aún estamos esperando la historia de que le pasó a su mujer) y la mala relación con su padre (otro policía “ejemplar”), al empezar la temporada mantenía cierto equilibrio entre las borracheras y las visitas de su hijo, pero pierde este privilegio ejerciendo de padre superprotector a su manera, es decir aplicando jarabe de palo a los que a su juicio son los malos.
Por último, mi personaje favorito de la serie, el más sutil, apenas aparece, pero al igual que los escenarios envuelve cada escena y cada segundo. La sociedad. Si bien en Luisiana esto era una sociedad rural, donde su diálogo se centraba en la ignorancia y la religiosidad y el círculo vicioso que esto genera. En la gran ciudad los vicios y defectos son otros. En California se pone más el acento en la corrupción clásica, la de favores a cambio de recalificaciones de terrenos aderezada con grandes obras públicas (la fiesta del primer capítulo es en honor a una línea de alta velocidad) y explotación laboral (en todos los episodios, Pizzolatto guarda unos segundos para que en un plano secuencial aparezcan en el fondo, montones de inmigrantes ilegales que se mueven agazapados, entre el miedo a ser deportados si los ve un agente o el miedo a sus capataces). También muy interesante la fotografía a la herencia del movimiento hippie y como ha llegado a nuestros días en una mezcla deforme de sus ideales originales y el negocio, en cierto sentido existen paralelismos entre las personas que acuden al centro de meditación y las personas de la carpa ambulante que seguían al predicador de la primera temporada.

Postdata: como Ingeniero Civil, esta temporada está siendo un caramelito: Línea ferra de alta velocidad, recalificación de terrenos, urbanismo, suelos contaminados, carreteras interminables…
